La sonrisa de
la virgen
La
llovizna ha persistido durante toda la mañana, ahuyentando de las calles a los
viandantes; las tiendas permanecen abiertas, con la esperanza de que mejore el
clima y los clientes vuelvan a salir. El cielo negro y tormentoso parece
indicar lo contrario.
Debajo de una cornisa, un chiquillo, portando una canasta
con rosquillas, permanece pendiente, con la esperanza de que mejore el tiempo y
pueda vender su mercancía; en su casa le esperan su madre y dos hermanos menores. La vida ha
sido cicatera con esta pobre familia,
desde el lamentable deceso del padre.
Javier ronda los diez años y es el encargado de vender las
rosquillas que hace su madre; son bien acogidas por los vecinos, porque en realidad son sabrosas, pero estos días húmedos
y fríos, no son el mejor ambiente para venderlas. Lleva menos de un año en las
calles y ya ha tenido que aprender a defenderse; no faltan malandrines que
quieran despojarlo de su mercancía, ante la complacencia del gendarme de turno,
quien dice «son cosas de chamacos» y
continúa su ronda tan campante.
Las horas pasan lentas y la lluvia continúa, formando
arroyos que corren junto a los bordillos de las aceras, ante la desesperación
de Javier, bien sabe que las monedas que lleve a su casa, serán empleadas en
los alimentos de la familia. Cubierto con un plástico, pero más bien,
protegiendo su mercancía, el niño llega a la entrada del templo, que al igual
que las calles, se encuentra vacío. Javier se sienta en la primera banca y
descansa sus entumecidos miembros, colocando su canasta sobre el asiento.
Recuerda entonces aquellos domingos, hoy al parecer tan
lejanos, en que toda la familia acudía a la Misa dominical y saliendo del
templo, el padre les compraba helados y golosinas, sin embargo, parece que fue
hace una eternidad. Unas lágrimas surcan las infantiles mejillas, mientras sus
ojos se centran en las cristalinas pupilas de una virgen de manto azul,
coronada de estrellas.
De pronto la lluvia cesó y casi de inmediato empezaron a entrar
los feligreses al templo, deteniéndose junto al niño a comprar sus rosquillas,
luego de algunos minutos, el chico había terminado de vender su mercancía,
sonriendo otra vez, ante la perspectiva de llevar a su madre ese dinero tan
necesario.
De forma inconsciente, Javier volvió la vista hacia la
imagen de la virgen y le pareció que le sonreía, pero eso era una locura, las
imágenes no sonríen, pensó Javier, quien salió presuroso directo a su casa.
Asombrada su madre de que hubiera podido vender en ese día lluvioso, le
preguntó ¿cómo lo había hecho?
El niño le relató lo que había ocurrido al entrar al templo;
para sorpresa de Javier, su madre le dijo que en la calle que estaba no había
ningún templo, tal como lo corroboraron al día siguiente, en que madre e hijo
se dirigieron al lugar en que Javier había penetrado al templo. Preguntando a
algunos vecinos acerca de la hora en que se había suspendido la lluvia, todos
coincidieron en que había sido en horas de la madrugada.
Lo único que Javier estaba seguro, es de que nunca olvidaría
el hermoso rostro sonriente de la virgen del manto azul y la corona de
estrellas. La madre continuó elaborando sus deliciosas rosquillas y con el
producto de la venta, pudo sacar adelante a sus tres hijos.
Javier, ahora un hombre de sesenta años, es el propietario
de un próspero negocio de elaboración de rosquillas y otro tipo de pastelillos,
de aquellos años de su niñez, que fueron sus años de formación, recuerda con
especial nostalgia, ese extraño día de lluvia y, desde luego, la sonrisa de la
Virgen. Si acaso usted visita alguna vez ese pueblecito, pregunte por la
pastelería de Javier y él mismo le relatará la historia.
FIN
Sergio A. Amaya
Santamaría
Noviembre 19 de 2013 - Celaya, Gto.
Abril 27 de 2020 - Playas de Rosarito, B. C.